Dominic Blackwood
El trayecto hasta mi ático fue un preludio silencioso y violento. El aire dentro del coche estaba tan cargado de electricidad que temía que los cristales estallaran. Ross no decía nada; miraba por la ventana, con la respiración empañando el vidrio y los hombros temblando ligeramente, no sé si de frío o de la misma anticipación salvaje que me estaba destrozando los nervios.
En cuanto la llave electrónica giró en la cerradura de mi puerta, la civilización se quedó fuera.
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