Dominic BlackwoodEl esmoquin me apretaba como una armadura oxidada. Había pasado las últimas dos semanas en un limbo de culpa y sombras, vigilando el sueño de Mia y tratando de reconstruir los pedazos de una familia que siempre parecía estar a un suspiro de la aniquilación. Había querido alejarme de todo: de los negocios, de los muelles y, sobre todo, de la mujer que me hacía sentir que mi control era una ilusión de cristal.Había traído a Elena, la rubia, como un escudo. Necesitaba ruido, necesitaba distracción, necesitaba una mujer que no buscara mi alma, sino mi billetera y mi apellido. Pero Elena se me pegaba como una hiedra, su perfume era demasiado dulce, sus risas demasiado ensayadas. Cada vez que me tocaba el brazo, yo solo podía pensar en la sensación de la piel de Chloe bajo mis manos en aquel sofá.Y entonces la vi.Mi mundo, ese que me había esforzado tanto en congelar, sufrió un sismo. Chloe estaba allí, envuelta en seda negra, con la espalda descubierta desafiando a tod
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