Me quedé helado. El precio de su libertad. Mi mente trabajó a mil por hora, nublada por el olor a lluvia y alcohol que desprendía su piel. Los celos me dictaban que la encerrara en mi ático y tirara la llave, pero sabía que eso solo la haría odiarme más. Quería romper ese muro de orgullo que ella levantaba cada vez que pronunciaba su apellido. Ese maldito orgullo Ross que la hacía matarse de hambre antes que aceptar mi ayuda.
—Una noche —solté, las palabras saliendo de mi boca antes de que pudi