Dominic Blackwood
La arrastré fuera de aquel antro infecto mientras la música seguía martilleando mis sienes, un ritmo salvaje que solo alimentaba la bestia que rugía en mi pecho. Chloe no se quedó callada; forcejeó, me clavó las uñas en la muñeca y me lanzó insultos que habrían hecho sonrojar a un estibador, pero no la solté. No podía. Si la soltaba en ese estado, con el alcohol fluyendo por sus venas y ese vestido que era una invitación al pecado, sentía que la perdería para siempre en la osc