Dominic Blackwood
La luz grisácea del amanecer londinense empezó a filtrarse por los ventanales altos del taller, bañando el desorden de lienzos, caballetes y botes de pintura en una claridad cruda e implacable. Abrí los ojos y, por un segundo, el instinto de defensa me puso en alerta máxima. Mis músculos se tensaron de forma refleja, buscando una amenaza en las sombras, hasta que el peso cálido y suave contra mi pecho me obligó a recordar dónde estaba.
Chloe seguía dormida.
Sus piernas estaban