Dominic Blackwood
La oficina de la planta superior de la corporación era un lugar que rara vez pisaba. El aire aquí olía a falso éxito, a cera de muebles caros y a la burocracia que tanto despreciaba. Prefería el caos del muelle o la penumbra de mi ático, pero hoy, Spencer me había obligado a sentarme frente a él.
Mi amigo —si es que a tipos como nosotros se nos permite usar esa palabra— estaba en un estado lamentable. Su "pequeña arquitecta", como él la llamaba con una mezcla de posesividad y