Chloe Donovan
El dolor de la gastritis era como tener un puñado de cristales rotos retorciéndose en mi estómago, pero el dolor de mi orgullo era mucho peor. Me sentía patética, tirada en ese sofá mugriento mientras Dominic Blackwood, el hombre que dominaba Londres con un chasquido de dedos, pedía comida orgánica y medicamentos de una farmacia de lujo por teléfono.
Quería gritarle que se fuera, que no necesitaba un enfermero con complejo de Dios, pero el cuerpo no me respondía. El agotamiento de