Chloe Donovan
Había pasado la mañana tratando de que mi mente fuera un lienzo en blanco, pero Dominic Blackwood se filtraba por las costuras de mis pensamientos como aceite sobre agua. Me dolía el cuerpo, un recordatorio físico de la noche anterior, de su peso sobre mí y de la rendición que había firmado con cada gemido. Haberle enviado el cuadro de la gárgola fue mi forma de poner un punto final, de decirle: "Aquí tienes tu trofeo, ahora déjame en paz". Pero el silencio de mi taller se sentía