Dominic Blackwood
Tenía las manos manchadas de una mezcla de pólvora y sangre seca que no era mía. El asunto en el muelle había sido una carnicería necesaria; los hombres de Miller ahora sabían que robarle a un Blackwood era firmar una sentencia de muerte lenta. Había regresado a mi ático con el cuerpo cargado de una adrenalina residual y oscura, buscando el silencio para intentar sacar de mi sistema la imagen de Chloe durmiendo en aquel sofá.
Me serví un whisky doble, sin hielo, y me quedé mir