Chloe Donovan
El despertar fue como una resaca de cristales rotos. La luz del sol se filtraba por los ventanales del ático de Dominic, recordándome que, una vez más, había terminado en su territorio. Mi estómago seguía revuelto, pero el mareo del alcohol había sido reemplazado por una lucidez fría y punzante.
Dominic estaba sentado en un sillón frente a la cama, leyendo unos documentos en una tablet, con una taza de café humeante a su lado. Se veía impecable, como si no hubiera pasado la noche