Chloe Donovan
La Navidad en casa de los Donovan siempre era un campo de batalla de aromas y ruidos. Entre el pavo que Casey insistía en vigilar cada cinco minutos y el desorden de mi propio taller —que esa semana se había trasladado a la mesa del comedor—, el ambiente era puro caos. Pero era un caos cálido, el tipo de calor que Dominic Blackwood nunca entendería en su torre de cristal.
Habían pasado quince días desde que lo vi por última vez. Quince días de silencio que yo había intentado llena