Dominic Blackwood
El esmoquin me apretaba como una armadura oxidada. Había pasado las últimas dos semanas en un limbo de culpa y sombras, vigilando el sueño de Mia y tratando de reconstruir los pedazos de una familia que siempre parecía estar a un suspiro de la aniquilación. Había querido alejarme de todo: de los negocios, de los muelles y, sobre todo, de la mujer que me hacía sentir que mi control era una ilusión de cristal.
Había traído a Elena, la rubia, como un escudo. Necesitaba ruido, nec