Dominic Blackwood
La tensión de la noche anterior seguía vibrando bajo mi piel. Cada vez que parpadeaba, la imagen de Chloe en mi sueño —desnuda, entregada, reclamándome— volvía para atormentarme. Me subí al coche con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, impulsado por una necesidad irracional de verla, de comprobar que seguía siendo real y no solo un fantasma que me robaba el juicio.
Llegué al taller de Shoreditch antes de que el sol terminara de calentar el asfalto. Subí las escal