Mía LombardiEl primer día de mi vida como Mía Lombardi no amaneció con el tintineo de alarmas, ni con el ajetreo de una ciudad que nunca duerme. Amaneció con el sonido de las olas rompiendo suavemente contra la orilla y con el aroma a Alan, mi esposo, impregnado en cada centímetro de las sábanas de seda. Me desperté envuelta en sus brazos, mi cabeza recostada sobre su pecho, escuchando el latido fuerte y constante de su corazón. La marca en mi dedo anular, el diamante que ahora brillaba con la luz del sol que se colaba por las cortinas, se sentía real, tangible, una promesa inquebrantable.Alan ya estaba despierto, mirándome con una intensidad que me hizo sonrojar. Su mano acariciaba mi cabello con una lentitud que me decía que no había prisa, que el tiempo se había detenido para nosotros.—Buenos días, señora Lombardi —susurró, y la dulzura en su voz hizo que mi corazón se hinchara de una forma dolorosa y hermosa.—Buenos días, mi amor —respondí, levantando la cabeza para besar
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