Mía Miller
El despertar debería haber sido el prólogo de una mañana perfecta. El recuerdo de la noche anterior, de la posesividad de Alan y de la forma en que nuestras pieles se habían reconocido en la penumbra del ático, todavía vibraba en mi memoria como un eco cálido y profundo. Pero la paz, en este mundo de cristal y ambiciones desmedidas, es un lujo que rara vez dura más de unas pocas horas. No fue la luz del sol la que me sacó del sueño, ni el roce de las sábanas de seda; fue el sonido i