Mía Miller
El silencio del ático era una tortura de seda. El espacio, que antes me parecía un santuario de lujo y modernidad, ahora se sentía como una jaula de cristal suspendida sobre Manhattan. Cada vez que daba un paso, sentía el peso frío y extraño en mi tobillo derecho. No pitaba, no hacía ruido, pero su presencia era una presión constante, un recordatorio físico de que el Estado me consideraba una criminal. La tobillera me rozaba la piel con cada movimiento, una molestia sorda que me env