Alan Lombardi
El silencio en el ático es tan denso que casi puedo escucharlo vibrar contra las paredes de cristal. Me quedo inmóvil, con la espalda apoyada contra el cabecero de la cama, observando a Mía. Se ha quedado dormida por puro agotamiento emocional, con el rastro de una lágrima ya seca cruzándole la mejilla y los dedos todavía apretando la sábana como si temiera que el suelo desapareciera bajo sus pies si se soltaba.
Incluso dormida, tiene el ceño ligeramente fruncido. La imagen de ell