El almacén de Ginebra se había transformado en un mausoleo de verdades calcinadas. El silencio que siguió a la reproducción del video era más denso que el humo que alguna vez llenó los pasillos de Santa María. Lauren permanecía de pie, con la tableta digital —el símbolo de su nuevo poder financiero— pesando en su mano como una piedra de molino. Frente a ella, Alexander Rosewood ya no era el titán invulnerable, ni el estratega frío, ni el héroe que ella había idolatrado durante una década. Era un hombre encadenado a una silla, con la cabeza gacha, cuyo mayor secreto acababa de ser proyectado en una pantalla de alta definición.Malcom Burke, observando la escena con una satisfacción casi religiosa, dio un paso hacia Lauren, saboreando el colapso del ídolo. Pero Lauren no lo miró. Su vista estaba fija en el hombre que, según el video, la había soltado para salvarse a sí mismo.—Suéltenlo —ordenó Lauren. Su voz no tembló, pero carecía de calor.Los hombres de Aegis, ahora bajo su mando di
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