La oscuridad de la mansión Rosewood ya no era la de un hogar en penumbra, sino la de una tumba que respiraba. Tras el video póstumo de Silas Pierce, el aire se había vuelto denso, cargado de una sospecha que se adhería a la piel como el hollín. Lauren caminaba por los pasillos con los sentidos en carne viva, cada sombra proyectada por los candelabros de cristal le parecía el perfil de una enemiga, cada crujido de la madera antigua, el paso de un verdugo.Alexander había ordenado el cierre total. Nadie entraba y nadie salía, pero eso no traía paz. Si la "Cuarta Moore" estaba dentro, el peligro no golpearía la puerta; ya estaba sentado a su mesa, durmiendo bajo su techo, observando cómo bajaban la guardia.Durante los dos primeros días, la mansión se convirtió en un panóptico de desconfianza. Lauren examinaba a cada una de las empleadas con una intensidad maníaca. Miraba a la cocinera, una mujer que llevaba años en la casa, buscando una señal, un tatuaje, una mirada que delatara una lea
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