El despacho del juez Sterling se convirtió en una cámara de asfixia emocional. La palabra "Acepto" todavía vibraba en el aire, pesada y fétida, como el eco de una sentencia de muerte. Alexander no miró a Lauren; su perfil, endurecido como el mármol de una tumba, se mantenía fijo en la pantalla del teléfono donde su hijo dormía plácidamente, ajeno al hecho de que acababa de ser subastado por su propio padre.Mónica sonrió. Era una sonrisa que Lauren conocía bien: la de un Moore que ha logrado doblar la voluntad de la realidad misma. Pero Alexander, con un movimiento mecánico, extendió la mano hacia ella, no en un gesto de afecto, sino de transacción.—El niño primero, Mónica —dijo Alexander, su voz carente de cualquier rastro de humanidad—. El compromiso no se hará público hasta que el heredero esté bajo la custodia de mis propios hombres.Lauren no pudo soportarlo más. Se levantó, ignorando el dolor punzante en su vientre que le recordaba que apenas hacía cuarenta y ocho horas que hab
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