El pitido rítmico del monitor cardíaco era el único sonido que llenaba la habitación de la unidad de cuidados intensivos. Leonard Sinclair yacía entre sábanas blancas, envuelto en un laberinto de tubos y sensores que parecían cables de una máquina averiada. Su rostro, generalmente una máscara de mando, estaba pálido, casi translúcido bajo las luces de neón del hospital.A medida que el efecto de la anestesia se disipaba, Leonard sintió una punzada eléctrica que recorrió su columna vertebral, un dolor tan agudo y desconocido que le obligó a abrir los ojos de golpe. Su respiración se aceleró. Intentó moverse, pero el peso del sedante aún lo anclaba a la camilla.El Dr. Vane entró silenciosamente, revisando las constantes en la pantalla. Al ver a Leonard despierto, se acercó con cautela.—Tranquilo, Leonard. La cirugía fue un éxito técnico, pero tu cuerpo ha pasado por un trauma masivo.Leonard no respondió con palabras. Sus ojos plateados, nublados pero alerta, se fijaron en la sábana q
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