El llanto del recién nacido era un sonido punzante que cortaba el estruendo de los disparos y el siseo de las alarmas de incendio. En el centro de mando del ático, rodeados por el humo de la puerta recién volada, Leonard sostenía al bebé contra su pecho. Sus manos, antes gélidas y calculadoras, temblaban bajo el peso de la vida que acababa de recibir. Katie, pálida y exhausta, estiraba los brazos desde el suelo, buscando a su hijo con una urgencia que solo una madre conoce.Malcom y la Unidad Sombra habían reducido a James Ford en un rincón del ático. El villano, cubierto de hollín y con una herida en el hombro, reía entre dientes mientras observaba la escena. Leonard, ignorando por un momento al hombre que había intentado destruirlo, se arrodilló junto a Katie para entregarle al niño.Sin embargo, al limpiar la sangre y el barniz caseoso de la pequeña espalda del bebé con un trozo de lino limpio, Leonard se quedó paralizado.—¿Qué pasa? —susurró Katie, notando la rigidez repentina de
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