El silencio en el búnker suizo era absoluto, una pesadez sepulcral que contrastaba con el gélido viento que aullaba en la superficie de los Alpes. Katie Moore-Sinclair, la Reina Muda de Libertia, permanecía de pie frente a los restos calcinados de la supercomputadora que alguna vez albergó la conciencia digital del Barón Von Stege. En sus manos, enguantadas en grafeno negro, sostenía un objeto que parecía pertenecer a otro siglo: un diario de cuero desgastado, con las esquinas quemadas y el lom