La cúpula de Libertia vibraba con una frecuencia sorda, un recordatorio constante de que la ciudad flotante ya no era un refugio invisible, sino un objetivo marcado. En el centro de la Gran Plaza, bajo el fulgor de mil drones que proyectaban luz blanca sobre el mármol de grafeno, se respiraba un aire de linchamiento. Leonard Sinclair, vestido con un traje negro que parecía una armadura de seda, presidía el tribunal improvisado. Frente a él, encadenados con grilletes de pulso electromagnético, se encontraban doce hombres y mujeres: los espías del Consejo de los Doce que habían sido detectados por el sistema de Leo intentando sabotear los motores de la ciudad durante el ultimátum de los Segadores.—Ustedes han comido de nuestra mesa, han respirado nuestro aire y han dormido bajo nuestro escudo mientras enviaban las coordenadas de nuestras familias a Julian Sinclair —la voz de Leonard, amplificada por los altavoces de la plaza, sonaba como el juicio final—. En Libertia, la traición no se
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