—¿Qué diablos haces aquí, Marcus? —escupí las palabras con todo el desprecio que pude reunir, intentando recuperar esa arrogancia de niño rico que sabía que le hervía la sangre y le nublaba el juicio—. Sal de mi habitación ahora mismo antes de que le diga a Victoria que te despida.Quería que me odiara. Quería que se enfocara en mi voz, en mi cara, en su complejo de inferioridad de clase, y no en la máquina que zumbaba detrás de mí, terminando (o no) de procesar datos.Marcus se detuvo a un metro de mí. Soltó una risa seca, un sonido áspero, metálico y carente de cualquier humor que me hizo retroceder un paso involuntario. No había caído en la trampa. O tal vez sí, pero su odio era más fuerte que mi actuación.Se acercó a mí lentamente, invadiendo mi espacio personal, dejando que el aire entre nosotros se cargara de amenaza estática hasta que pude oler su desprecio: una mezcla nauseabunda de tabaco rancio, cuero viejo y sudor frío.—Victoria ya sabe que estoy aquí, Maximilian. De hech
Leer más