VICTORIA VALOISEl silencio de mi oficina siempre había sido mi trofeo, una prueba irrefutable de que, bajo mi mando, el mundo funcionaba con la precisión de un mecanismo de relojería suizo. Pero hoy, ese silencio se sentía denso, casi sólido, como el aire en una cámara funeraria antes de sellar la losa.Sobre mi escritorio de obsidiana descansaba la carpeta blindada. Su peso, sin embargo, no era físico. Era el peso de una lápida. Dentro, los documentos firmados por Maximilian Ferrero gritaban una verdad absoluta: le había arrebatado hasta el último aliento legal. Su imperio, sus algoritmos, su nombre de pila... todo había sido triturado y procesado para alimentar la maquinaria de los Valois. Él ya no existía. Maximilian Ferrero era cenizas esparcidas en un informe forense falso, y en su lugar, yo había creado a «Julian», un fantasma de seda y sumisión que habitaba en mi ático.Debería estar celebrando. Debería sentir la embriaguez del poder absoluto recorriendo mis venas. Pero, en ca
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