MAXEl aire en el gran comedor de los Valois era una sustancia tóxica, una mezcla de incienso de poder antiguo y el aroma metálico del desprecio. De pie, justo detrás de la silla de Victoria, me sentía como un objeto de decoración costoso pero prescindible. La luz de las lámparas de cristal de Murano diseccionaba la estancia con una frialdad clínica, revelando cada arruga de malicia en los rostros de los invitados. Cada risa, cada choque de copas, era un martillazo contra los restos de mi identidad. Pero lo que más me dolía era el frío que emanaba de la mujer que tenía frente a mí.Victoria no se movía. Su espalda era una línea de acero. No respiraba como la mujer que se había desmoronado en mis brazos bajo el vapor de la ducha. Ella era ahora una estatua de diamantes, una extensión perfecta de su padre. Me dolía la mandíbula de tanto apretarla. Jefa, le había dicho esta mañana con un sarcasmo que ocultaba mi decepción, y ahora esa palabra se sentía como una condena.—Es fascinante, ¿
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