La sala de juntas olía a café recién hecho y a estrategia.Isadora ocupó la cabecera de la mesa con Dante a su derecha, sus manos todavía entrelazadas bajo la superficie de caoba. Al otro lado, Elena extendía documentos con la precisión de un cirujano preparando sus instrumentos. Marcos permanecía de pie junto a la ventana, vigilando el horizonte como si esperara que los enemigos emergieran de las nubes. Y Sebastián Herrera, el abogado que había guardado los secretos de los Montemayor durante décadas, observaba la escena con ojos que habían visto demasiadas batallas para sorprenderse por una más.—La fiscalía emitirá las órdenes mañana al mediodía —comenzó Elena, deslizando una carpeta hacia Isadora—. Ignacio, Andrés, y seis nombres adicionales de la lista de tu padre. Pero hay un problema.—Siempre hay un problema —murmuró Dante, su mandíbula tensa.—Andrés tiene contactos en el poder judicial. Nuestras fuentes indican que está moviendo hilos para retrasar la ejecución de las órdenes
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