El centro de detención federal olía a desinfectante y a sueños rotos.
Isadora caminaba por el pasillo flanqueada por Dante y Elena, sus tacones repicando contra el linóleo gastado como un tambor de guerra. Los guardias les abrían paso con expresiones neutrales que no lograban ocultar del todo la curiosidad: no todos los días una heredera multimillonaria visitaba a un prisionero de alto perfil apenas doce horas después de su arresto.
—No tienes que hacer esto —dijo Dante por tercera vez desde qu