El rugido de motores la despertó.
Isadora abrió los ojos en la oscuridad, el corazón acelerado antes de que su mente procesara por qué. Junto a ella, Dante ya estaba incorporándose, cada músculo de su cuerpo tenso como el de un animal que detecta un depredador.
—¿Qué...?
—Silencio. —La palabra fue apenas un susurro mientras él se deslizaba fuera de la cama.
A través de la ventana, faros de vehículos cortaban la oscuridad del camino que conducía a la cabaña. Tres, quizás cuatro coches. Demasiado