El plazo de tres meses que el senador Andrés Castellanos había impuesto como una soga alrededor del cuello de Isadora llegó a su fin no con una explosión, sino con el silencio reverencial de una mañana de domingo, cuando el sol finalmente rompió la capa de nubes grises que había cubierto la ciudad durante semanas para iluminar la fachada terminada del "Proyecto Horizonte", un edificio que se alzaba orgulloso entre las ruinas del barrio viejo como un testamento de hormigón, vidrio y terquedad.Isadora estaba parada en la acera de enfrente, con el casco amarillo bajo el brazo y las botas todavía manchadas de barro seco, sintiendo que el cansancio acumulado de noventa días sin dormir se le metía en los huesos, pero también sintiendo una satisfacción tan profunda y vibrante que casi dolía en el pecho, porque lo que tenía delante no era solo un complejo de viviendas sociales sostenible, era la prueba física irrefutable de que ella, la "don nadie", la secretaria que servía café, había logra
Leer más