La sala de juntas de Montemayor Holdings olía a café recién hecho, a perfumes caros y a traición inminente. Era un espacio diseñado para intimidar: techos altos, paredes de madera oscura, una mesa de caoba lo suficientemente grande para sentar a veinte personas y recordarles a cada una que estaban a merced de fuerzas más grandes que ellas.
Isadora llegó quince minutos antes de la hora convocada, vestida con un traje sastre gris oscuro que proyectaba competencia y control absoluto. Nada de vesti