La Gala de Invierno del Círculo de Inversores no era simplemente una fiesta; era el termómetro del poder en la ciudad, un evento anual donde se decidían destinos, se forjaban alianzas y se destruían reputaciones bajo la luz despiadada de mil candelabros de cristal de Bohemia, en un salón de baile que olía a orquídeas importadas, a champán de mil dólares la botella y al miedo sutil de los nuevos ricos intentando ser aceptados por la vieja aristocracia.
El Hotel Imperial había sido transformado en