Camila no había terminado.
Su partida había sido teatral, calculada para parecer una retirada elegante cuando en realidad era el primer movimiento de una partida de ajedrez que Isadora apenas comenzaba a comprender. Porque mientras la veía alejarse entre la multitud dorada, con ese andar de depredador satisfecho que hacía girar cabezas masculinas a su paso, una certeza helada le recorrió la columna vertebral con la precisión de una aguja de hielo: aquella mujer no era simplemente una rival romá