El hijo de Marcos nació un domingo de mayo.No hubo alertas de seguridad. No hubo pasillos de hospital vigilados por hombres de traje oscuro con auriculares en la oreja. Hubo, simplemente, el llanto agudo de un bebé recién nacido rompiendo la calma aséptica de la planta de maternidad.Marcos hizo la llamada a las once de la mañana.Isadora estaba en el jardín de su casa, trasplantando unos rosales. Sintió el teléfono vibrar en el bolsillo de su delantal. Se limpió la tierra de las manos con un trapo y descolgó.—Ha nacido —dijo Marcos. La voz del escritor, siempre calibrada para la exposición de atrocidades históricas, sonaba ahora temblorosa, ronca y completamente desarmada.—¿Están bien? —preguntó Isadora, el pulso acelerándose por el reflejo protector.—Perfectos. Andrea está agotada, pero perfecta. El niño pesa tres kilos y medio. Tiene los pulmones de un cantante de ópera.Isadora sonrió. La tensión abandonó sus hombros.—Felicidades, Marcos. ¿Cómo se llama?Marcos no respondió d
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