El aeropuerto de Ginebra, en las horas previas al atardecer, tenía una acústica diferente.
Ya no era el escenario de una persecución a muerte ni el umbral frío hacia la burocracia internacional. Era, sencillamente, una sala de tránsito.
Por primera vez en muchos años, Isadora no pidió un café solo para mantenerse alerta. Caminó hacia la pequeña cafetería de la terminal de salidas diplomáticas y pidió algo dulce. Un cruasán relleno de almendras y un chocolate caliente. Azúcar. Carbohidratos. Ene