La noche antes del discurso, el silencio no estaba invitado.La familia completa había invadido la suite ejecutiva que Naciones Unidas le había asignado a Isadora en el Hotel de la Paix, en Ginebra. El espacio, diseñado para el aislamiento diplomático de alto nivel, se había convertido en un caos doméstico de abrigos, maletas y risas.Dante había ignorado por completo el menú del servicio de habitaciones.Había bajado a las cocinas del hotel, había negociado en francés fluido con el chef ejecutivo, y había vuelto una hora después con los ingredientes necesarios para cocinar su pasta tradicional. El olor a ajo, aceite de oliva y tomates asados borraba por completo el ambiente estéril de la diplomacia suiza.En la inmensa alfombra del salón, Lucía estaba sentada con las piernas cruzadas, ejerciendo su autoridad de hermana mayor.—No puedes levantarte cuando la gente habla —le explicaba Lucía a Valentina Chica, que la miraba con una mezcla de aburrimiento y desafío a sus tres años—. Y si
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