Lucía tenía ocho años y ya le apretaba el zapato del tiempo cuando quería.
Se paró frente a la puerta del despacho de Isadora. Llevaba el uniforme del colegio, la corbata ligeramente torcida, y los brazos cruzados sobre el pecho en una imitación perfecta, y probablemente inconsciente, de la postura de su tía Elena cuando preparaba un interrogatorio.
Habían pasado tres años.
Tres años exactos desde el viaje a Ginebra. Tres años desde la condena de Guatemala. Tres años donde el tiempo había dejad