Lucía entró al despacho con la caja de hojalata en las manos.
No llamó a la puerta. A sus ocho años, Lucía consideraba que las puertas cerradas de su casa eran sugerencias acústicas, no barreras físicas. Llevaba la caja apretada contra el pecho, dejando huellas de polvo en su camiseta amarilla.
Isadora levantó la vista de los expedientes.
Reconoció el metal oxidado en los bordes. El águila desdibujada en la tapa.
El corazón le dio un latido irregular, un eco de un miedo antiguo que ya no tenía