Isadora Montemayor tenía cuarenta y un años.
Era la primera vez en su vida adulta que podía pronunciar su edad en voz alta sin calcular, instintivamente, cuántos enemigos seguían activos en el tablero. Era la primera vez desde el incendio de su infancia, desde el orfanato, desde la persecución del Grupo Halcón, que el horizonte estaba completamente despejado.
No había demandas en el bufete. No había mociones de La Haya. No había mercenarios ocultos en las sombras.
Había, simplemente, un miércol