El contador digital en la pared principal del vestíbulo de la fundación no hacía ruido al cambiar.
Era una pantalla LED sobria, diseñada con números blancos sobre un fondo negro mate. No había fanfarrias ni luces estroboscópicas. Era solo un registro. Una métrica.
Pero ese martes, a las cuatro de la tarde en punto, el número mil novecientos noventa y nueve parpadeó una última vez.
Y cambió a dos mil.
Esta vez, no hubo llamadas tardías. Todos lo vieron en tiempo real.
En Madrid, María estaba sen