Los faros del auto barrieron la sala de estar, cortando la penumbra como cuchillas de luz. El motor se apagó, pero el silencio que siguió fue peor. Pesado. Cargado de una violencia latente que hizo que el aire se volviera denso.Sebastián se movió antes de que mi cerebro procesara la amenaza.—Al suelo —ordenó, su voz un susurro de acero.Me tiré sobre Emma, cubriendo su cuerpo pequeño con el mío. El instinto maternal, dormido y torturado durante ocho años, rugió en mis oídos, ahogando cualquier otro pensamiento. Olía a vainilla y a miedo. Su corazón latía contra mi pecho como el de un pájaro atrapado.—¿Qué pasa? —sollozó ella, aferrándose a mi camisa.—Shh. Juego de escondite, Emma. ¿Recuerdas? —Le acaricié el cabello, mis manos temblando violentamente—. Tienes que ser muy silenciosa.Los padres adoptivos, los Morrison, estaban paralizados junto a la chimenea. El padre, un hombre alto y de aspecto amable, dio un paso hacia la ventana.—¡Aléjese de ahí! —siseó Sebastián, desenfundand
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