La caja esperaba sobre la mesa del comedor como una bomba sin detonar.Era pequeña, de madera oscura con incrustaciones de nácar que el tiempo había opacado. La letra en la tapa era elegante, femenina, escrita con tinta azul que se había desvanecido hasta volverse casi invisible: «Para mi hijo, cuando esté listo».Sebastián la miraba desde el otro lado de la habitación, los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula tensa.—No tienes que hacerlo hoy —dije desde mi lugar en el sofá—. Puede esperar.—Lleva veinticinco años esperando. —Su voz era áspera—. Si sigo postergándolo, nunca lo haré.—Entonces hazlo. Estoy aquí.Me miró. En sus ojos había algo que rara vez dejaba ver: terror puro. El mismo terror que había visto cuando le conté sobre Emma, cuando casi lo pierdo en aquel sótano, cuando el médico dijo «contracción» y el mundo se detuvo.Pero también había algo más. Determinación.Caminó hacia la mesa y se sentó. Sus dedos rozaron la tapa de la caja, trazando las letras que su ma
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