La fotografía quemaba en mi pantalla como ácido sobre metal.Tres hombres jóvenes. Tres sonrisas confiadas. Treinta años de secretos enterrados bajo capas de mentiras, traiciones y sangre.Mi padre. Eduardo Duarte. Marcos Villarreal.Amigos. Socios. Cómplices en algo que todavía no comprendía.—Valentina. —La voz de Sebastián me llegaba distante, como si hablara desde el fondo de un pozo—. Valentina, mírame.Levanté la vista del teléfono. Seguíamos en el café, pero el mundo había cambiado. Todo lo que creía saber sobre mi historia, sobre la guerra entre nuestras familias, acababa de desmoronarse.—Mi padre conocía a Marcos —dije, las palabras raspando mi garganta como cristales rotos—. No solo lo conocía. Eran amigos.Sebastián tomó el teléfono, estudiando la imagen con ojos que se endurecían con cada segundo.—Mi abuelo también.—¿Qué significa esto?—Significa que Marcos lleva décadas jugando con nuestras familias. Que todo lo que pasó, la muerte de tu padre, los crímenes de mi abue
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