Los faros del auto barrieron la sala de estar, cortando la penumbra como cuchillas de luz. El motor se apagó, pero el silencio que siguió fue peor. Pesado. Cargado de una violencia latente que hizo que el aire se volviera denso.
Sebastián se movió antes de que mi cerebro procesara la amenaza.
—Al suelo —ordenó, su voz un susurro de acero.
Me tiré sobre Emma, cubriendo su cuerpo pequeño con el mío. El instinto maternal, dormido y torturado durante ocho años, rugió en mis oídos, ahogando cualquie