Las puertas del ascensor se abrieron en el piso ejecutivo y guié a Luciana hacia la sala de juntas privada, la misma donde Sebastián y yo habíamos firmado nuestro contrato matrimonial. Parecía apropiado que ahora sirviera para negociar otra alianza improbable.—Siéntate —le indiqué, cerrando la puerta detrás de nosotras.Luciana obedeció, hundiéndose en una de las sillas de cuero como si sus piernas ya no pudieran sostenerla. Sin el maquillaje impecable, sin el traje de diseñador, sin la armadura de arrogancia que siempre la había envuelto, parecía diez años mayor. Y terriblemente humana.—Antes de que digas nada —comencé, sentándome frente a ella—, necesito que entiendas algo. No confío en ti. No te perdono. Y si esto resulta ser una trampa, te juro que no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte de mí.—Lo sé.—Bien. Ahora habla.Luciana tomó aire, como si estuviera a punto de zambullirse en aguas profundas.—Víctor tiene videos míos. De hace cinco años, cuando... cuando tení
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