La acusación de Luciana explotó en las pantallas de todo el país como una granada de fragmentación."Sebastián Duarte mató a su propio padre", decía el titular de cada noticiero, cada portal, cada cuenta de redes sociales que se alimentaba del escándalo como buitres sobre carroña. Luciana había convocado una conferencia de prensa improvisada desde el jardín de su departamento, el grillete electrónico cuidadosamente oculto bajo un vestido largo, las lágrimas fluyendo con la precisión de una actriz consumada."Mi padre murió hace quince años en circunstancias sospechosas", había dicho frente a las cámaras. "Durante años, mi familia guardó silencio para proteger el nombre Duarte. Pero ya no puedo callar. Tengo pruebas de que mi hermano Sebastián manipuló los medicamentos de nuestro padre para acelerar su muerte y heredar el control de la empresa antes de tiempo."Las "pruebas" eran un montón de documentos médicos alterados, testimonios de empleados que habían sido despedidos años atrás,
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