El cuero del diario crujió al abrirse. Un sonido seco, antiguo, similar al de un hueso rompiéndose.No había olor a papel viejo. Había olor a tabaco rancio y humedad. El olor de los secretos que debieron pudrirse bajo tierra.Marcos Villarreal permanecía sentado frente a nosotros en aquella mesa de metal oxidado, dentro de la bodega abandonada en los muelles. Su rostro, marcado por esa cicatriz que le cruzaba la mejilla como un relámpago de carne rosada, no mostraba emoción alguna. Solo espera.Sebastián no se sentó. Se mantuvo de pie detrás de mi silla, una mano apoyada en el respaldo, la otra dentro del bolsillo de su abrigo, probablemente empuñando el arma que esperaba no tener que usar. Su presencia era un muro de calor a mi espalda.—Léelo —dijo Marcos. Su voz sonaba a grava triturada—. Página doce. Tercer párrafo.Mis dedos temblaron al pasar las hojas. La caligrafía era elegante, inclinada hacia la derecha. La letra de una mujer educada, refinada... y aterrorizada. Isabella. La
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