La noche había caído con una pesadez casi física. El aire, cargado de la electricidad residual de las tormentas de Manhattan, se filtraba por las rendijas de la fortaleza, pero dentro de los aposentos privados de Alexander y Sofía, el silencio era lo único que imperaba. Era un silencio denso, el tipo de calma que precede a las decisiones que alteran el curso de una vida entera.Sofía estaba de pie frente al gran ventanal de su dormitorio, mirando hacia la oscuridad del bosque. Aún llevaba el vestido marfil del almuerzo con Suant, pero se había despojado de los tacones y del moño perfecto. Su cabello caía ahora en ondas oscuras sobre sus hombros, y su figura, recortada contra el cristal, parecía más frágil y, al mismo tiempo, más imponente que nunca. En su mente, las palabras de Phillip Suant se repetían como un mantra venenoso: "Gema es la clave... el recipiente de su sangre".Sintió el calor de Alexander antes de sentir su tacto. Él se acercó por detrás, una presencia sólida y vibran
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