El Club Náutico de North Shore no era solo un lugar de esparcimiento; era un templo dedicado al privilegio inalcanzable. Situado en un saliente de roca que se adentraba en el Atlántico, sus ventanales de suelo a techo ofrecían una vista de un mar que, aquel mediodía, se mostraba de un azul metálico y cruel. El aire olía a sal, a madera de teca barnizada y a ese perfume invisible que emana el dinero que no necesita dar explicaciones.
Sofía bajó del coche blindado con una parsimonia que cortaba l