El aire en la sala de interrogatorios de la sede central de la policía era pesado, cargado con el olor a café rancio y el miedo residual de quienes saben que su tiempo se ha agotado. Tras el cristal unidireccional, Alexander Thorne observaba a Camila Smith. Ella ya no era la mujer altiva que dictaba tendencias; era un despojo humano, con el maquillaje corrido y las manos esposadas a la mesa de metal.
Sofía estaba a su lado, manteniendo una distancia física que era, en realidad, un abismo moral.